¿Qué más podría salir mal?

Sí, está bien, era martes 13, pero él no era supersticioso. Se levantó por el lado izquierdo de la cama -le era imposible salir del lado derecho, pues este era obstaculizado por una húmeda y fría pared-, con sus pies buscó sus pantuflas, sólo halló una.  Optó entonces por encorvarse para buscar la otra bajo la cama, después de husmear por unos cuantos segundos por fin la halló.  Se la puso sin percatarse que no sólo había hallado la pantufla.  Unos pasos después, en dirección a la puerta, sintió que algo entre sus largos dedos de los pies, el movimiento cesó tras un crujido.  Se agachó, tomó la pantufla de su pie izquierdo y la revisó, encontró una cucaracha que hasta hace unos segundos luchaba por salir con vida de una cueva en la que había dormido la noche anterior.  Sin darle importancia a esto, sacudía la pantufla, acomodó nuevamente su pie en ella y siguió hacia la cocina. 

El vivía en un pequeño apartaestudio en la zona centro de la ciudad.  El lugar contaba con una habitación llena de ropa sucia, un baño que sólo estaba limpio en cada visita de su madre, una sala que también suplía las funciones de bar/pista de baile/hotel/biblioteca/estudio, entre otras tantas que nacieran de la creatividad del visitante y una pequeñísima cocina habitada la mayor parte del tiempo por moscas. 

Su cerebro le recordó que necesitaba alimentar su cuerpo después de una larga noche llena de alcohol y palabras que a medida que pasaban las horas iban perdiendo el sentido o iban siendo reemplazadas por risas sin razón.  Decidió prepararse unos huevos pericos, trató de recordar la receta, miles de veces había observado a su madre prepararlos, pero casi siempre se encontraba en estado de somnolencia, además que reconocía que no poseía ningún talento culinario.  Abrió la nevera y repasó los ingredientes en voz alta como repitiendo una lección: Huevos, cebolla, TOMATE!. Para malestar suyo no encontró ninguna existencia de éste último ingrediente allí. Y con esta hambre!, pensó.  Optó por comer mejor un cereal poco crujiente que encontró en la alacena.  Los comió rápidamente.  Miró el reloj que se encontraba en la desordenada mesa donde desayunaba, eran las 7:55 am y debía estar en la oficina a las 8 am.  Corrió al baño para darse una ducha, en su camino fue dejando tirada la ropa que traía puesta desde el día anterior y abrió el grifo.  Sintió que el agua tibia relajaba de cuerpo, pero de pronto esta placentera sensación se convirtió en una lluvia helada al descubrir que se había que dado sin electricidad, y por tanto, el calentador de agua había dejado de funcionar.  Sólo musitó: Al fin y al cabo ya iba a terminar. 

Se alistó rápidamente y tuvo que bajar por las escaleras los trece pisos de su edificio, pues sin electricidad tampoco había ascensor.   Llegó a su oficina con 13 minutos de retraso, sin decir ni una sola palabra a nadie tratando de pasar desapercibido se ubicó en su escritorio y empezó a revisar sus documentos.  El tiempo transcurrió monótonamente hasta la hora del almuerzo.  Al llegar a la cafetería, donde iba diariamente a almorzar desde hacía dos años se dio cuenta que no había espacio libre en ninguna mesa.  Almorzaré en otro lugar, se dijo.Cruzó la calle y vio un par de personas de aspecto avejentado en un pequeño local de comidas, sin pensarlo mucho entró.  Ordenó el menú del día.  Cuando este por fin llegó a su mesa se dio cuenta que tenía el tiempo justo para regresar a su puesto de trabajo, lo terminó rápidamente, pagó la cuenta y partió.  

 Eran ya las 13 horas.  Al entrar a la oficina su jefe le pidió que llevara una documentación urgente al gerente que se encontraba en un almuerzo importantísimo de negocios.  Partió rumbo a un restaurante al norte de la ciudad.  Llegó al sitio que le habían señalado, desde la puerta pudo ver al gerente que trataba de aflojar un poco su corbata como si de esta manera se le abriese un poco más de espacio en su estómago para terminar de comer su almuerzo.  Se acercó a la mesa, saludó brevemente, dejó los papeles y partió.

 Mientras iba de regreso, se sintió cansado, había dormido poco y no había comido muy bien.  Cambió de ruta, llegó a una casa cerca de un parque sin niños, tocó la puerta y su amigo Camilo le abrió.  Éste le hizo seguir, le ofreció algo de comer y se sentaron a repasar las anécdotas de la noche anterior y todos los sucesos del día; al escucharlos Camilo exclamó: ¡Con razón, si hoy es martes 13!, Santiago le recordó que no creía en supersticiones, que sólo eran una serie de coincidencias. 

  Al caer la noche, Santiago se despidió de su amigo, pero antes le pidió prestado el teléfono para llamar a su novia.  Nadie le respondió.  Creyó que ella aun se encontraría en el consultorio donde trabajaba como recepcionista, así que le pareció buena idea ir a recogerla.  Parqueó su carro a las afueras del consultorio, antes de descender de él se dio cuenta que en el automóvil que se encontraba justo delante de él había una pareja besándose, su curiosidad lo llevó a mirar con un poco más de detalle, sintió un vacío en el estómago, nada parecido al que sintió cuando no pudo desayunar sus huevos con tomate y cebolla, era más bien como un golpe que lo dejaba sin aliento, reconocía perfectamente a una de las personas del automóvil: Verónica, su novia. Regresó inmediatamente a casa, sin comer siquiera se puso el pijama y se fue a la cama.  Ya nada más puede salir mal, fue su último pensamiento antes de cerrar los ojos. 

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~ por minatomates en enero 31, 2008.

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