El Tomate

•enero 31, 2008 • Dejar un comentario

 Con un semblante taciturno va caminando por las polvorientas calles del soleado pueblo aquel hombrecillo, uno de esos seres que deambulan errantes por el mundo sin razón alguna, ya ha olvidado su lugar de origen y por ello ya no le encuentra sentido a quedarse por mucho tiempo en algún sitio.   Su piel extrañamente descolorida a pesar de las inclemencias del clima, su rostro lánguido y su lento andar hacían que este hombre pasara desapercibido ante los habitantes de los pueblos por donde erraba casi como un fantasma.  Sólo tenía una característica particular: a cada sitio donde llegaba para alimentarse siempre pedía una sopa de tomate. Poco a poco la historia de este hombre que pasaba sus días enteros caminando de población en población fue cobrando fuerza, dejó de ser uno más en la multitud y empezó a se llamado El Tomate, por su particular gusto.Los habitantes de los pueblos cercanos a donde él se encontrara preparaban grandes ollas de sopa de tomate esperando retener esta triste figura consigo y que narrase las aventuras que había vivido en su recorrido por el mundo; pero las únicas palabra que salían de su boca eran una sopa de tomate, por favor. Una noche el hombrecillo llegó a un pueblo al sur del camino, sus calles estaban completamente desoladas.  Empezó a tocar la puerta de cada casa que había en él, pero nadie respondió a su llamado.  Agotado y hambriento, el hombre se sentó en una acera a esperar que el sol despertara en un nuevo día. Después de aquella noche nadie volvió a preparar sopa de tomate en la región.

Espera

•enero 31, 2008 • Dejar un comentario

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Tengo en mi memoria, como algo grabado en piedra, la imagen de tus labios rojos y tersos como un tomate, de esos casi irreales, los que aparecen en la foto de un aparador de supermercado, tan especial que existe uno en un millón; así te vi desde el primer día. Aquella tarde lluviosa en el café mi única intención era tomarme un café con poca azúcar, ya bien sabes que así lo prefiero.  De pronto apareciste sentado en la mesa de al lado acompañado de Nietzsche.  Como producto del cruce de miradas llegaste a mi mesa.  En ese momento no sospechaba nada de lo que vendría. Un “Hola” musité en respuesta  a tu acercamiento.   Las palabras empezaron a salir de nuestros labios presurosas, ansiosas, develándonos sin prejuicios, sin que nada más importase. La enunciación de unos números llevó al siguiente encuentro, donde inevitablemente esos labios rojo tomate te abrieron para entrar a mi vida.  Sin dudarlo te dejé caminar a mi lado, a cambio de ello me obsequiaste efímeras alegrías y contundentes tristezas.  Eso para mí era suficiente.  

 Sin decir nada, sin una explicación decidiste que debía conocer el significado del silencio y la ausencia.  Tu lugar lo fue reemplazando el tedio, tu vacío fue llenado con pequeñas gotas un tanto saladas. 

 Las noches me servían para recuperar los recuerdos que habíamos logrado acumular para que no encontrarme con mi soledad. Trataba de repasar el frágil hilo con el que habíamos empezado a unir nuestras vidas, con el anhelo de descubrir donde se había roto, para enmendarlo. En aquel parque ya no hay invierno, los árboles empiezan a florecer y yo ya llevo más de treinta cafés en tu espera.     

¿Qué más podría salir mal?

•enero 31, 2008 • Dejar un comentario

Sí, está bien, era martes 13, pero él no era supersticioso. Se levantó por el lado izquierdo de la cama -le era imposible salir del lado derecho, pues este era obstaculizado por una húmeda y fría pared-, con sus pies buscó sus pantuflas, sólo halló una.  Optó entonces por encorvarse para buscar la otra bajo la cama, después de husmear por unos cuantos segundos por fin la halló.  Se la puso sin percatarse que no sólo había hallado la pantufla.  Unos pasos después, en dirección a la puerta, sintió que algo entre sus largos dedos de los pies, el movimiento cesó tras un crujido.  Se agachó, tomó la pantufla de su pie izquierdo y la revisó, encontró una cucaracha que hasta hace unos segundos luchaba por salir con vida de una cueva en la que había dormido la noche anterior.  Sin darle importancia a esto, sacudía la pantufla, acomodó nuevamente su pie en ella y siguió hacia la cocina. 

El vivía en un pequeño apartaestudio en la zona centro de la ciudad.  El lugar contaba con una habitación llena de ropa sucia, un baño que sólo estaba limpio en cada visita de su madre, una sala que también suplía las funciones de bar/pista de baile/hotel/biblioteca/estudio, entre otras tantas que nacieran de la creatividad del visitante y una pequeñísima cocina habitada la mayor parte del tiempo por moscas. 

Su cerebro le recordó que necesitaba alimentar su cuerpo después de una larga noche llena de alcohol y palabras que a medida que pasaban las horas iban perdiendo el sentido o iban siendo reemplazadas por risas sin razón.  Decidió prepararse unos huevos pericos, trató de recordar la receta, miles de veces había observado a su madre prepararlos, pero casi siempre se encontraba en estado de somnolencia, además que reconocía que no poseía ningún talento culinario.  Abrió la nevera y repasó los ingredientes en voz alta como repitiendo una lección: Huevos, cebolla, TOMATE!. Para malestar suyo no encontró ninguna existencia de éste último ingrediente allí. Y con esta hambre!, pensó.  Optó por comer mejor un cereal poco crujiente que encontró en la alacena.  Los comió rápidamente.  Miró el reloj que se encontraba en la desordenada mesa donde desayunaba, eran las 7:55 am y debía estar en la oficina a las 8 am.  Corrió al baño para darse una ducha, en su camino fue dejando tirada la ropa que traía puesta desde el día anterior y abrió el grifo.  Sintió que el agua tibia relajaba de cuerpo, pero de pronto esta placentera sensación se convirtió en una lluvia helada al descubrir que se había que dado sin electricidad, y por tanto, el calentador de agua había dejado de funcionar.  Sólo musitó: Al fin y al cabo ya iba a terminar. 

Se alistó rápidamente y tuvo que bajar por las escaleras los trece pisos de su edificio, pues sin electricidad tampoco había ascensor.   Llegó a su oficina con 13 minutos de retraso, sin decir ni una sola palabra a nadie tratando de pasar desapercibido se ubicó en su escritorio y empezó a revisar sus documentos.  El tiempo transcurrió monótonamente hasta la hora del almuerzo.  Al llegar a la cafetería, donde iba diariamente a almorzar desde hacía dos años se dio cuenta que no había espacio libre en ninguna mesa.  Almorzaré en otro lugar, se dijo.Cruzó la calle y vio un par de personas de aspecto avejentado en un pequeño local de comidas, sin pensarlo mucho entró.  Ordenó el menú del día.  Cuando este por fin llegó a su mesa se dio cuenta que tenía el tiempo justo para regresar a su puesto de trabajo, lo terminó rápidamente, pagó la cuenta y partió.  

 Eran ya las 13 horas.  Al entrar a la oficina su jefe le pidió que llevara una documentación urgente al gerente que se encontraba en un almuerzo importantísimo de negocios.  Partió rumbo a un restaurante al norte de la ciudad.  Llegó al sitio que le habían señalado, desde la puerta pudo ver al gerente que trataba de aflojar un poco su corbata como si de esta manera se le abriese un poco más de espacio en su estómago para terminar de comer su almuerzo.  Se acercó a la mesa, saludó brevemente, dejó los papeles y partió.

 Mientras iba de regreso, se sintió cansado, había dormido poco y no había comido muy bien.  Cambió de ruta, llegó a una casa cerca de un parque sin niños, tocó la puerta y su amigo Camilo le abrió.  Éste le hizo seguir, le ofreció algo de comer y se sentaron a repasar las anécdotas de la noche anterior y todos los sucesos del día; al escucharlos Camilo exclamó: ¡Con razón, si hoy es martes 13!, Santiago le recordó que no creía en supersticiones, que sólo eran una serie de coincidencias. 

  Al caer la noche, Santiago se despidió de su amigo, pero antes le pidió prestado el teléfono para llamar a su novia.  Nadie le respondió.  Creyó que ella aun se encontraría en el consultorio donde trabajaba como recepcionista, así que le pareció buena idea ir a recogerla.  Parqueó su carro a las afueras del consultorio, antes de descender de él se dio cuenta que en el automóvil que se encontraba justo delante de él había una pareja besándose, su curiosidad lo llevó a mirar con un poco más de detalle, sintió un vacío en el estómago, nada parecido al que sintió cuando no pudo desayunar sus huevos con tomate y cebolla, era más bien como un golpe que lo dejaba sin aliento, reconocía perfectamente a una de las personas del automóvil: Verónica, su novia. Regresó inmediatamente a casa, sin comer siquiera se puso el pijama y se fue a la cama.  Ya nada más puede salir mal, fue su último pensamiento antes de cerrar los ojos. 

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La almohada

•enero 31, 2008 • Dejar un comentario

Hoy me encuentro otra vez dando vueltas en la cama, con la almohada sobre mi rostro, ya no sé si para ocultarme del mundo o para que los rayos del sol no irrumpan mi oscuridad, porque eso es ahora mi vida, oscuridad.
 
No quiero soltar esta almohada, aferrarme a ella es aferrarme a ti.  En ella están los besos perdidos que ahora son mi alimento, y son tan inagotables como mi paciencia por ti esperando.  Aunque quizás lo que encuntres a tu regreso sea sombras, pues ya mi cuerpo está abandonando mi alma.

Joaquín

•enero 30, 2008 • Dejar un comentario

Una sensación de vacío lo embarga, abre sus ojos que sólo encuentran sábanas sucias y desordenadas.  Joaquín suspira.  Registra minuciosamente la habitación tratando de encontrar algún rastro de ella.  No hay nada. Recuerda las últimas palabras de la noche anterior: Princesa, quédate unos minutos más.  Así lo hizo, mientras respondía con un beso a la súplica. Ella sabía que sería la última noche que sus cuerpos se encontrarían, por ello con ansias recorrió cada recoveco de Joaquín, clavando sus uñas en su espalda, pero en realidad sus uñas acribillaban su corazón.   Joaquín, apasionado, respondía a sus incesantes caricias; interpretándolas como la confirmación de que ella se quedaría a su lado para siempre. El tiempo se detuvo, un minuto se convertía en una hora.  El cuerpo exhausto de Joaquín sucumbió al sueño, donde volvería a encontrarse con ella, mientras Laura salía en puntas de pie por última vez de aquella habitación.

La ovalada

•enero 30, 2008 • Dejar un comentario

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En el rostro de Alejandro se ve reflejado el cansancio de su cuerpo.  Busca ávidamente con su mirada un espacio libre en las jardineras, estaban casi todas ocupadas por rostros desconocidos.  Descarga en el suelo una mochila, rota y un poco sucia; en su morral negro busca afanosamente el estuche que contiene sus lentes.  Se los pone y empieza a examinarse.  Mira la tierra y el sudor que han impregnado su ropa.  Levanta suavemente su camiseta y nota algunos moretones en su pecho, suspira profundamente. Alza su mirada y ésta se pierde en el horizonte. En su cabeza empiezan a rebotar imágenes: golpes, patadas, caídas.  Fueron minutos muy intensos, piensa, el ser caballero lo vale. Vuelve la mirada a su mochila, la recoge del suelo y saca la ovalada, la admira orgullosamente; mientras en voz baja, casi como un susurro le dice: Por ti, ganamos.

La llamada (parte I)

•enero 30, 2008 • 1 comentario

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Aquel día Amanda había decidido salir temprano del trabajo, no lograba escribir ni una palabra.  Para despejar su mente un poco llamó a su mejor amiga y le pidió que se encontraran en el café donde solían ir todas las semanas.  Mientras esperaba su llegada, algunas ideas para un artículo vinieron a su cabeza, desprevenidamente busca en su bolso un lápiz para anotarlas.  En el interior del bolso su mano juguetona se topa con su teléfono celular, lo extrae, lo revisa, unas letras en la pantalla hacen estremecer su cuerpo, una sensación de extrañeza se apodera de ella, luego de haber pasado días enteros pensando en él, extrañándolo, anhelándolo.   

 Su primer impulso fue llamarlo inmediatamente, pero la oportuna tardanza de su amiga se lo impidió, ella conocía muy bien su historia y había limpiado sus lágrimas cuando él  decidió sin aviso previo terminar el juego que un par de mese atrás habían iniciado.  Disimuló ante ella y su actitud se debía sólo al estrés del trabajo.  Después de unos tragos Amanda decidió que lo mejor era marcharse a su apartamento. Al caer la noche la incertidumbre por saber de él pulsa lenta, pero contundentemente su corazón.  Como relámpagos que irrumpen la oscuridad, se muestran ante ella Dionisio y Afrodita convertidos en un solo ser, compuesto de dos almas que se agitan con desenfreno en una lucha donde la victoria al final es para ambos. El despertar del sol anuncia un nuevo día, la rutina no se apodera de su vida esta vez, es fin de semana, días en los que el ocio le da más tiempo de pensar en él.  Recordó lo que había vivido a su lado en tan pocos pero intensos meses, él producía en ella una incertidumbre que le hacía preguntarse qué sucedería al día siguiente y permanecer a su lado para averiguarlo.  Cuando él desapareció sin razón alguna ella quedó desolada, como si él se hubiese llevado consigo su pluma, sus palabras y su inspiración.  Suena el teléfono, una vez, dos veces…Hola Preciosa, se oye al otro lado de la línea, el pulso de ella se acelera haciendo que la sangre circule más rápido por sus venas llegando hasta esos pequeños vasos sanguíneos en sus mejillas, sonrojándola como un tomate. Cómo estás?, responde ella con un tono frío, conteniéndose; intenta mediar la conversación con todas las preguntas comunes, incómodas e incluso tontas que se formulan para romper el hielo: ¿Cómo está la oficina?, ¿Qué te ha parecido el invierno?.  Su interlocutor anuncia inesperadamente: Quiero verte.  Ambos callaron por unos segundos . . . estoy ocupada, no sé si pueda, mintió ella.  Regálame un par de horas.